Carta de Portugal - ¿Camino de la dictadura?
António Sardinha
Resumo
Publicado em El Debate (Madrid) em 1924, Sardinha apresenta uma visão profundamente crítica da situação política e social portuguesa após a implantação da República.
Ideias principais
Publicado em El Debate (Madrid) em 1924, Sardinha apresenta uma visão profundamente crítica da situação política e social portuguesa após a implantação da República.
Ideias principais
- Portugal é descrito como mergulhado em crise política, instabilidade governativa e sucessivas revoluções.
- O autor defende que a República é mais “efeito” do que “causa” da decadência nacional, associando-a a processos históricos anteriores com raiz no período pombalino.
- A aristocracia surge como socialmente inútil, a burguesia como dominada por interesses financeiros e o povo como passivo e inconsciente.
- A crise é atribuída sobretudo às elites, à plutocracia, aos partidos e à incapacidade do Estado.
- Sardinha considera a ditadura como uma possibilidade emergente. A queda do governo de Ginestal Machado e uma conferência de Cunha Leal em defesa de uma ditadura são sinais de que a ideia começa a ganhar apoio em Lisboa.
[ El Debate, Madrid, año XIV, n.º 4.521, viernes 11 de enero de 1924, p. 3 (3.ª coluna e final da 4.ª). Transcrição a partir do fac-símile; conserva-se a ortografia e a pontuação do original.]
Lisboa, enero, 1924.
Nueva revolución, nueva crisis, incapacidad gubernativa cada vez mayor y más irreparable... En Portugal, los acontecimientos vuelan, se suceden con una rapidez tal que al observador extraño a las intimidades del ambiente se le hace casi imposible sorprender el hilo conductor, la necesaria y fundamental concatelación [sic]. En uno de sus más bellos libros, En busca del Graal, el gran poeta nacionalista Alfonso Lopes Vieira definió la actual sociedad portuguesa en unas frases incisivas y sintéticas que recuerdan las líneas enérgicas de una antigua medalla: «Una aristocracia sin nobleza, una burguesía sin decoro; un pueblo inconsciente. En medio de esto, un campamento de gitanos.» Por duras que sean semejantes palabras hay en ellas el rigor de la justicia y el sabor, en ocasiones desconcertante, de la verdad.
Ahora en pleno campamento de gitanos se desenvuelve en Portugal la vida pública. ¿De quién es la culpa? Ya hemos afirmado a nuestros lectores que la culpa no es sólo de la república, porque la república no es aquí una causa, es, sí, un efecto; sin duda, el efecto de la política naturalista, inaugurada por el marqués de Pombal (figura que la revisión de la historia va apeando de su inmerecido pedestal) y que la aventura liberal de don Pedro en 1830-34 coronó de éxito completo, lanzándonos de lleno a la disolución en que hoy nos debatimos. Todo, desgraciadamente, estaría perdido si las fuerzas de la inteligencia, reaccionando lenta y saludablemente, no nos asegurasen de que, más temprano o más tarde, Lázaro ha de salir del sepulcro y caminar, y andar en busca de nuevos destinos.
¡Pues bien! Desviada la atención de las consolaciones de espíritu sólo nos encontramos con espectáculos desalentadores, desesperantes. En Portugal no hay aristocracia, hay apenas, a todo tirar, media docena de grandes hombres históricos, arruinados y sin función social, aquellos «titulares» de la Monarquía bastarda, caída en 1910, aumentados ahora considerablemente por el depuesto monarca, cuya actividad en el destierro apenas se ejercita, sino en hacer «marqueses» y «vizcondes» con la misma facilidad con que el Banco de Portugal aumenta la circulación fiduciaria. La burguesía, que constituye el grueso de la clase conservadora, se abandona a la más execrable ansia de negocios, como jamás se ha visto en Portugal. En este país, país de pequeña y mediana propiedad (excepto en el Alentejo, en donde, en todo caso, el sistema latifundiario, si llega a corregirse, solamente será útil a la economía nacional), no existe una cuestión social propiamente dicha. La naturaleza agrícola de Portugal, su fuerte estructura rural, excluye la posibilidad de una violencia de carácter extremista. Podrá ésta estallar en Lisboa, es innegable, pero solamente por motivos político-doctrinarios, ajenos por completo a las tendencias y sentimientos del país. Lo que, por consiguiente, produce en los medios urbanos predominantes una atmósfera de catástrofe, es el apetito insaciable de la alta burguesía, nervio de las «clases conservadoras», y la fiebre jamás aplacada de fabulosos e inadmisibles lucros.
Heredera moral de los que, al advenimiento del liberalismo, se enriquecieron con los bienes de los conventos, la alta burguesía portuguesa llamándose católica en religión y monárquico-manuelista en política, es quien mayores hartazgos se da en la mesa de la república. No hay Compañía ni Sindicato donde, en perfecto reinado de la plutocracia, no se encuentre, por lo menos, unido a un significado partidario de don Manuel de Braganza, entretenido en su tranquilo destierro, en fabricar títulos, otro partidario igualmente significadísimo de Alfonso Costa. Hasta Alfonso Costa, que en manera alguna se dispone a acceder a las súplicas constantes de sus amigos para que venga «a salvar Portugal y la república», hasta Alfonso Costa en su retiro opulento de París, es el omnipotente abogado del Banco Nacional Ultramarino, respetable institución, cuyo órgano director lo constituyen fieles adeptos del antiguo Rey de Portugal. La fórmula que retrata la situación es, pues, ésta y solo ésta: Unión sagrada ante los negocios.
Carlos Maurrás denuncia en una célebre página la estrecha afinidad del capitalista con el revolucionario. Portugal nos está probando la verdad de ese hecho. La rápida improvisación de las fortunas, la desvalorización calculada y sistemática del estudio, el apretado bloque de los banqueros con las más caracterizadas figuras del régimen, todo conspira para que las revoluciones, como medio para conquistar puestos lucrativos, se conviertan en profesión cotidiana de algunos centenares de individuos. Nadie ignora las responsabilidades de un gran industrial portugués en el «19 de octubre» —la terrible matanza en que sucumbió Machado Santos, el fundador de la república. Cierto que el referido industrial, que veía apenas la caída del ministerio presidido por el pobre infeliz Antonio Granjo, no supuso nunca que se fuese tan lejos. Pero siempre es peligroso jugar con fuego. ¡Y él mismo puede decirlo, pues iba siendo también víctima de las turbas ávidas de sangre!
Falta sólo hablar del pueblo. El pueblo es bueno, pero asiste embrutecido y sin conciencia a la dilapidación de la fortuna pública y a las subidas y caídas de los efímeros Gobiernos, compuestos de ilustres insignificantes. Quienes más sufren entre nosotros son las clases medias. Ellas, con la carestía de la vida y la creciente dificultad del escudo, son las que están aflictivamente aplastadas. Las clases populares viven con cierto desahogo, ganando lo que jamás ganaban. Tienen hasta una impresión de abundancia que no conocían antes. ¿Por qué? Porque los salarios crecieron, y el portugués se satisface con poco. De modo que si hay aquí una crisis, no es de trabajo, sino de quien trabaja. Como buen meridional, el portugués, una vez cubiertos los gastos más indispensables, lo que desea sobre todo es no hacer nada.
Resulta, por tanto, de lo que queda expuesto que el mal entre nosotros procede de arriba, reside en lo alto y no en lo bajo. Lo que necesitamos es autoridad y que se gobierne. Ahora no hay quien gobierne, porque cesaron por completo las condiciones que hace viable cualquier Gobierno digno de tal nombre. Los partidos son tribus marroquíes que se odian y combaten encarnizadamente. El ejército, sin unidad, sin espíritu colectivo, inclinándose al radicalismo más abstruso, es apenas una expresión presupuestaria. Ya hemos visto los compromisos que la burguesía más caracterizada mantiene con la república. Apenas queda en pie la Iglesia, que progresa bajo la evidente bendición de Dios en su reconquista de Portugal, y la aspiración ardiente de la mocedad por restaurar Portugal para Portugal. Como se ve, las garantías del futuro son excelentes, pero los momentos actuales encierran trágicos presagios...
Prueba del viento de insania que sopla en las esferas del Estado republicano es la caída del último Gobierno. Con rara habilidad supo estrangular una revolución de consecuencias acaso más funestas que la de «19 de octubre de 1921», revolución en la que, a lo que se dice, estaba comprometida gran parte de la guarnición de Lisboa. Pues a ese Gobierno, presidido por el señor Ginestal Machado, se le han negado los elementos imprescindibles para gobernar, después de haberse robustecido moralmente con la energía desplegada contra los revolucionarios.
Mal literato, el presidente de la república se reveló también mal político, no concediendo al Gobierno Ginestal Machado los medios de que carecía para vivir con la independencia a que tenía derecho. ¡Una vez más capituló el Poder delante de los perturbadores del orden! Y es rumor corriente, que contribuyó en gran parte a la caída del Ministerio la actitud que se disponía a adoptar el Gabinete frente a ciertos escándalos financieros. ¡La fatalidad eterna de los regímenes parlamentarios y democráticos!
Pero lo sensacional no es la ayuda del presidente de la república en la noche de la revolución al cuartel de Marineros —ida un tanto misteriosa que los rumores dominantes, sin duda calumniosamente, interpretan como convivencia del jefe del Estado con los elementos sediciosos—. El caso sensacional es la conferencia del señor Cunha Leal, ministro de Hacienda del Gobierno dimitido, en la Sociedad de Geografía. Inquieto, con graves responsabilidades en su pasado de jacobino, el señor Cunha Leal, oficial de Ingenieros, derrochó valor e inteligencia. Su actitud en el 19 de octubre le valió las simpatías del país. Desplazándose sensiblemente desde su antiguo extremismo hacia criterios de gobierno más positivos, hizo el señor Cunha Leal en su conferencia la calurosa apología de la dictadura. Palabra odiada hace cuatro o cinco meses y que anda hoy en boca de muchas gentes, saludada con cariño y esperanza, desde el golpe dado en España por el marqués de Estella. Pues el señor Cunha Leal fué vivamente aplaudido, y en Lisboa, a la salida de su conferencia, en una de las calles más céntricas, se dieron estruendosos vivas a la dictadura. Una posibilidad surge en el horizonte. Pero dictadura, ¿con quién y cómo? En la próxima crónica responderemos.
Antonio SARDINHA
Lisboa, enero, 1924.
Nueva revolución, nueva crisis, incapacidad gubernativa cada vez mayor y más irreparable... En Portugal, los acontecimientos vuelan, se suceden con una rapidez tal que al observador extraño a las intimidades del ambiente se le hace casi imposible sorprender el hilo conductor, la necesaria y fundamental concatelación [sic]. En uno de sus más bellos libros, En busca del Graal, el gran poeta nacionalista Alfonso Lopes Vieira definió la actual sociedad portuguesa en unas frases incisivas y sintéticas que recuerdan las líneas enérgicas de una antigua medalla: «Una aristocracia sin nobleza, una burguesía sin decoro; un pueblo inconsciente. En medio de esto, un campamento de gitanos.» Por duras que sean semejantes palabras hay en ellas el rigor de la justicia y el sabor, en ocasiones desconcertante, de la verdad.
Ahora en pleno campamento de gitanos se desenvuelve en Portugal la vida pública. ¿De quién es la culpa? Ya hemos afirmado a nuestros lectores que la culpa no es sólo de la república, porque la república no es aquí una causa, es, sí, un efecto; sin duda, el efecto de la política naturalista, inaugurada por el marqués de Pombal (figura que la revisión de la historia va apeando de su inmerecido pedestal) y que la aventura liberal de don Pedro en 1830-34 coronó de éxito completo, lanzándonos de lleno a la disolución en que hoy nos debatimos. Todo, desgraciadamente, estaría perdido si las fuerzas de la inteligencia, reaccionando lenta y saludablemente, no nos asegurasen de que, más temprano o más tarde, Lázaro ha de salir del sepulcro y caminar, y andar en busca de nuevos destinos.
¡Pues bien! Desviada la atención de las consolaciones de espíritu sólo nos encontramos con espectáculos desalentadores, desesperantes. En Portugal no hay aristocracia, hay apenas, a todo tirar, media docena de grandes hombres históricos, arruinados y sin función social, aquellos «titulares» de la Monarquía bastarda, caída en 1910, aumentados ahora considerablemente por el depuesto monarca, cuya actividad en el destierro apenas se ejercita, sino en hacer «marqueses» y «vizcondes» con la misma facilidad con que el Banco de Portugal aumenta la circulación fiduciaria. La burguesía, que constituye el grueso de la clase conservadora, se abandona a la más execrable ansia de negocios, como jamás se ha visto en Portugal. En este país, país de pequeña y mediana propiedad (excepto en el Alentejo, en donde, en todo caso, el sistema latifundiario, si llega a corregirse, solamente será útil a la economía nacional), no existe una cuestión social propiamente dicha. La naturaleza agrícola de Portugal, su fuerte estructura rural, excluye la posibilidad de una violencia de carácter extremista. Podrá ésta estallar en Lisboa, es innegable, pero solamente por motivos político-doctrinarios, ajenos por completo a las tendencias y sentimientos del país. Lo que, por consiguiente, produce en los medios urbanos predominantes una atmósfera de catástrofe, es el apetito insaciable de la alta burguesía, nervio de las «clases conservadoras», y la fiebre jamás aplacada de fabulosos e inadmisibles lucros.
Heredera moral de los que, al advenimiento del liberalismo, se enriquecieron con los bienes de los conventos, la alta burguesía portuguesa llamándose católica en religión y monárquico-manuelista en política, es quien mayores hartazgos se da en la mesa de la república. No hay Compañía ni Sindicato donde, en perfecto reinado de la plutocracia, no se encuentre, por lo menos, unido a un significado partidario de don Manuel de Braganza, entretenido en su tranquilo destierro, en fabricar títulos, otro partidario igualmente significadísimo de Alfonso Costa. Hasta Alfonso Costa, que en manera alguna se dispone a acceder a las súplicas constantes de sus amigos para que venga «a salvar Portugal y la república», hasta Alfonso Costa en su retiro opulento de París, es el omnipotente abogado del Banco Nacional Ultramarino, respetable institución, cuyo órgano director lo constituyen fieles adeptos del antiguo Rey de Portugal. La fórmula que retrata la situación es, pues, ésta y solo ésta: Unión sagrada ante los negocios.
Carlos Maurrás denuncia en una célebre página la estrecha afinidad del capitalista con el revolucionario. Portugal nos está probando la verdad de ese hecho. La rápida improvisación de las fortunas, la desvalorización calculada y sistemática del estudio, el apretado bloque de los banqueros con las más caracterizadas figuras del régimen, todo conspira para que las revoluciones, como medio para conquistar puestos lucrativos, se conviertan en profesión cotidiana de algunos centenares de individuos. Nadie ignora las responsabilidades de un gran industrial portugués en el «19 de octubre» —la terrible matanza en que sucumbió Machado Santos, el fundador de la república. Cierto que el referido industrial, que veía apenas la caída del ministerio presidido por el pobre infeliz Antonio Granjo, no supuso nunca que se fuese tan lejos. Pero siempre es peligroso jugar con fuego. ¡Y él mismo puede decirlo, pues iba siendo también víctima de las turbas ávidas de sangre!
Falta sólo hablar del pueblo. El pueblo es bueno, pero asiste embrutecido y sin conciencia a la dilapidación de la fortuna pública y a las subidas y caídas de los efímeros Gobiernos, compuestos de ilustres insignificantes. Quienes más sufren entre nosotros son las clases medias. Ellas, con la carestía de la vida y la creciente dificultad del escudo, son las que están aflictivamente aplastadas. Las clases populares viven con cierto desahogo, ganando lo que jamás ganaban. Tienen hasta una impresión de abundancia que no conocían antes. ¿Por qué? Porque los salarios crecieron, y el portugués se satisface con poco. De modo que si hay aquí una crisis, no es de trabajo, sino de quien trabaja. Como buen meridional, el portugués, una vez cubiertos los gastos más indispensables, lo que desea sobre todo es no hacer nada.
Resulta, por tanto, de lo que queda expuesto que el mal entre nosotros procede de arriba, reside en lo alto y no en lo bajo. Lo que necesitamos es autoridad y que se gobierne. Ahora no hay quien gobierne, porque cesaron por completo las condiciones que hace viable cualquier Gobierno digno de tal nombre. Los partidos son tribus marroquíes que se odian y combaten encarnizadamente. El ejército, sin unidad, sin espíritu colectivo, inclinándose al radicalismo más abstruso, es apenas una expresión presupuestaria. Ya hemos visto los compromisos que la burguesía más caracterizada mantiene con la república. Apenas queda en pie la Iglesia, que progresa bajo la evidente bendición de Dios en su reconquista de Portugal, y la aspiración ardiente de la mocedad por restaurar Portugal para Portugal. Como se ve, las garantías del futuro son excelentes, pero los momentos actuales encierran trágicos presagios...
Prueba del viento de insania que sopla en las esferas del Estado republicano es la caída del último Gobierno. Con rara habilidad supo estrangular una revolución de consecuencias acaso más funestas que la de «19 de octubre de 1921», revolución en la que, a lo que se dice, estaba comprometida gran parte de la guarnición de Lisboa. Pues a ese Gobierno, presidido por el señor Ginestal Machado, se le han negado los elementos imprescindibles para gobernar, después de haberse robustecido moralmente con la energía desplegada contra los revolucionarios.
Mal literato, el presidente de la república se reveló también mal político, no concediendo al Gobierno Ginestal Machado los medios de que carecía para vivir con la independencia a que tenía derecho. ¡Una vez más capituló el Poder delante de los perturbadores del orden! Y es rumor corriente, que contribuyó en gran parte a la caída del Ministerio la actitud que se disponía a adoptar el Gabinete frente a ciertos escándalos financieros. ¡La fatalidad eterna de los regímenes parlamentarios y democráticos!
Pero lo sensacional no es la ayuda del presidente de la república en la noche de la revolución al cuartel de Marineros —ida un tanto misteriosa que los rumores dominantes, sin duda calumniosamente, interpretan como convivencia del jefe del Estado con los elementos sediciosos—. El caso sensacional es la conferencia del señor Cunha Leal, ministro de Hacienda del Gobierno dimitido, en la Sociedad de Geografía. Inquieto, con graves responsabilidades en su pasado de jacobino, el señor Cunha Leal, oficial de Ingenieros, derrochó valor e inteligencia. Su actitud en el 19 de octubre le valió las simpatías del país. Desplazándose sensiblemente desde su antiguo extremismo hacia criterios de gobierno más positivos, hizo el señor Cunha Leal en su conferencia la calurosa apología de la dictadura. Palabra odiada hace cuatro o cinco meses y que anda hoy en boca de muchas gentes, saludada con cariño y esperanza, desde el golpe dado en España por el marqués de Estella. Pues el señor Cunha Leal fué vivamente aplaudido, y en Lisboa, a la salida de su conferencia, en una de las calles más céntricas, se dieron estruendosos vivas a la dictadura. Una posibilidad surge en el horizonte. Pero dictadura, ¿con quién y cómo? En la próxima crónica responderemos.
Antonio SARDINHA